Crónicas de la Guerra según Atenodoro - Paz con Almanzur

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24 de Enero del año de 1041 D.C

Hace meses que no escribo en el diario. La guerra con Almanzur se ha detenido pues mis ataques son baldíos pese a la cantidad de hombres que pierdo en cada uno de ellos. Soy como tantas veces he dicho, un gato arañando la coraza de un caballero; el resultado es perder las uñas y morirme por ello desangrado.

Los guerreros de Odín parecen no hacerle nada y los Dragones le han acogido en su seno. Además en mis fronteras han aparecido nuevos vecinos que no me dejan dormir tranquilo, menos cuándo Kali les ha atacado. Falquian, valeroso guerrero inmortal y uno de los más destacados dragones ha sustituido a mi apreciada Shaiya en las fronteras del Oeste. Así las cosas he ordenado a Ludovico que viaje a Cordoba a pactar una tregua con Almanzur, ya que mientras el ánimo de todos los Dragones sea susceptible de amenazar con la entrada de Falquian en mis tierras, prefiero detenerme.

¿Y porqué hago esto? Hace unos meses avasallé a una salvaje bárbara llamada Kali que procedía de las tierras del Norte. No se porqué pero su fiereza despertó nuevos sentimientos en mi corazón. Vestía a manera salvaje, con pieles y dientes colgados en collares, sus armas parecían oxidadas de sangre acumulada. No la amaba, de eso estaba seguro, pero tampoco tenía un sentimiento paternalista por ella. Era algo diferente a todo lo que había sentido jamás, y por eso mismo no dudé en hacerla mi compañera y protegerla.

El problema fue cuando decidió atacar a Falquian usando mi provincia como base. Me pilló de sorpresa y las tropas del guerrero ya estaban en mis tierras al instante. No corrió la sangre, simplemente colocó sus pendones en varios feudos de mis dominios. Y mi apreciada Kali, reina de los Lobos, logró evitar que aquellos fuese a más, pero había quedado claro que de haberse iniciado una guerra con él; estaba perdido.

Firmé la tregua con Almanzur, tras ensalzarnos mutuamente por nuestros combates. Aunque como siempre le dejé claro, nuestra amistad no podía existir mientras su pecado viviera en mi corazón. Y la tregua duraría tanto como durase la guerra de los Dragones con los guerreros de Odín.

Después de ese día, me fui al templo de Atenea que hacía años había sido abandonado. Me mantuve en vigilia durante siete días y siete noches, para salir de allí acompañado de dos sacerdotes de la vieja religión de mis antepasados. Acababa de dejar de ser judío para volver a ser el digno regalo de Atenea y para Atenea. Mi padre se sentiría orgulloso de verme renacido.

Sobre mi pequeña que decir…está tan hermosa como su madre. Cada día que pasa parece tener más tendencia al judaísmo que a cualquier otra fe. Me parece que es culpa de ese rabino que su madre me hizo acoger en la fortaleza, además parece que menosprecia a mi Casa constantemente comparándola con la de su madre. No me molesta que sea judía, sólo que eso la haga olvidar quién es su padre. Pero ese rabino que tantas veces he perdonado la vida, mejor se pudría en el Infierno. Además no mira con buenos ojos a Kali y Marianita le imita. Pero en el caso de mi pequeña lo comprendo en cierto modo Kali ocupa una pequeña parte del espacio que llenaba su madre, y después de todas las historias que le cuento en las noches a mi niña, Kali sólo le puede parecer lo más opuesto a esa madre que no conoció.

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