Carta a Eunilda.

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Querida, estimada y apreciada amiga mía, Eunilda:
Hace apenas un día que he recibido de labios de mi joven capitán Gwydre la triste noticia que ha roto el corazón de éste cristiano judaizado. Mariana, mi amada y dulce Mariana, murió ejecutada en la plaza mayor de Burdeos donde fue capturada por las tropas de Almanzur, el duro adversario de su señor. No pudimos liberarla, por falta de tiempo, de tropas,…Me consuela pensar lo que dice mi oficial, que antes de morir susurró mi nombre frente a los expectantes ciudadanos que tanto la querían.
Lo más terrible de la historia no es sólo su desgracia, si no la de su señor Leobardo y su amantísima esposa Dulcinea, quienes han corrido la misma suerte que la mujer que todo significaba para mí. No se si por desgracia o por fortuna, todos compartieron la misma celda. Agradezco a su cruel captor que en sus últimos días de vida todos estuviesen juntos.
Sabed mi amiga, que lo peor de todo es la perfidia de éste sujeto llamado Almanzur. Pues pese a tener a Leobardo en sus mazmorras y yo pedirle su liberación, respondió a mis plegarias atacando a un ínfimo grupo de jinetes que habían estado exterminando campesinos rebeldes en los feudos de Dulcinea. Ya sabes lo temperamental que soy y no pude evitar entrar en guerra con el sarraceno, ya no sólo porque un amigo me necesitase, si no porque su respuesta me había parecido un claro intento de intimidarme.
Creo que cuando no me quedó más remedio para actuar fue cuando mi fiel capitán me informó de la tremenda noticia. Mariana había sido capturada. ¿¿Conoces esa sensación que golpea el corazón e impide que respires bien?? Así me sentí yo. He llorado de rabia, golpeado las paredes de dolor, he gritado con fuerzas,…he jurado que la liberaría.
Las lágrimas aún recorren mi rostro. Unas son saladas como el mar que tiene Burdeos cerca, y por debajo del parche salen lágrimas de sangre como la que corría en el patíbulo de mi amada. Pedí merced por ella hasta el último momento. Rogué a su captor que solo la mantuviese presa, pero cuando no existe corazón nada se puede hacer y al igual que la primera vez que le escribí, no obtuve respuesta.
Querida amiga, creo que me he extendido en demasía. Con sangre firmaré la próxima vez que os escriba, si no con la mía, con la de mis enemigos pues sea en esta vida o en la otra, juro por Yahvé que Almanzur no escapará de mí.
Me despido reverenciada Eunilda, espero que esta no sea la última de mis cartas, pero si lo es, me regocijaré por ello, ya que eso significará que Mariana y yo estamos juntos para siempre.

Con afecto y cariño.

Atenodoro

“GLORIA Y MUERTE ME ACOMPAÑEN, DE MI NO SE SEPAREN”

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