2 de Septiembre del año de 1039 D.C. Las tropas de Tolosa son apenas un centenar. Todo empezó hace unos días cuándo recibí un despacho de Gwydre, en él me contaba como iban las cosas. No siguió mis órdenes de avanzar a la costa pues según parecía las tropas de Almanzur sin tenerlo pensado les cortarían el paso mientras iban marchaban, así que haciéndose el responsable de la situación, ordenó unas nuevas algaradas en los feudos ya visitados previamente.
De estos ataques cabe destacar la mala suerte de nada más cruzar los límites, pues la falta de equipos de exploración les impidió ver lanceros enemigos. Los guerreros lucharon con valor según me contaba Gwydre y consiguieron tomar aquellas tierras. Inmediatamente después avanzaron a otro territorio, pero esta vez tras dos días de encarnizada batalla nada lograron y mi joven oficial decidió retirarse. Él mismo, pese a que fue el último en retirarse del campo de batalla, marchaba herido.
Lo siguiente que me remitía en su mensaje era un correo de Almanzur, que ya firma cómo Gran Califa. En él correo admiraba mi tenacidad y se atrevía a decirme que de tener más compañeros atacándole quizás podía plantearse el detener sus avances, además amenazaba con perseguir a los restos de mi ejército tolosano, aunque bien sabía yo que aún quedaban al menos unos 800 en pie. Hice llamar a Ludovico, que pese a tener 15 años es muy buen escribano, casi tanto como yo. Le ordené redactar un mensaje en el que se demostrase, que si bien el califa no contaría con mi amistad nunca, le demostraba mi admiración por cómo había logrado llegar tan alto en poco tiempo, por su manera de luchar,... Lo último que le dije sería que mis soldados no huirían como cobardes o al sur para atacarlo en sus feudos de Hispania cómo Gwydre le contestará en un mensaje previo.
¿¿Qué locura me llevo a ello?? Creo que fue el hecho de que aunque mis tropas sean humildes y esté combatiendo a un gigante, la Casa de Telamón tiene eso que llamamos Honor; tenemos eso que yo llamo Compromiso; tenemos lo que los trovadores llaman Valor; tenemos lo que mi padre llamaba Temperamento; y por último, lo que mi madre llamaba Obstinación. Los Cinco Preciados Dones que mi hija heredará algún día.
La batalla dicen que ha sido de las más sangrientas en que se han visto envueltos los míos. Gwydre en su último despacho la definió como: “Caos”. Ludovico, que estaba presente ya que le había destinado como mensajero a Almanzur, no habla aún de la impresión. Cientos de hombres combatieron honorablemente hasta que en un último ataque a la desesperada Gwydre cargó al frente. Su caballo patinó en el cadáver de un lancero de Almanzur y logró salvar la vida, pues la carga de la caballería sarracena fue casi mortífera. Las tropas huyeron en desbandada y Ludovico tuvo que tomar el mando de la situación pese a que es un crío. Las organizó para una marcha a mi capital aunque más tarde Gwydre que espera refuerzos en Tolosa las ordenó regresar a las tierras del buen Carlos Martel.
El único problema es que estoy en Puebla de Josué y no de camino cómo el se cree. Ya que una joven bárbara ha decidido ponerse en contacto conmigo, para tratar algún tema de suma importancia. Sólo espero que esta tal Kali, no venga a traer más problemas a éste desdichado judío.

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