Crónicas de la Guerra según Atenodoro - El joven Capitán Gwydre, Gran Defensor de Tolosa

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14 de Junio del año de 1039 D.C.

Tras un par de días de viaje las tropas de Tolosa, que se armaron con tanto esfuerzo dentro de los muros de la propia ciudad han comenzado la ofensiva contra los feudos de Almanzur, feudos que fueron de la Archiduquesa Dulcinea, que en Paz descanse. Al frente de tan valerosos oficiales he colocado a un símbolo para mis tropas, el joven y leal capitán Gwydre.
El chico es algo despistado aunque ha demostrado siempre tener dotes. Lo demostró en el feudo cercano a París del que era oriundo, por eso su nombre, era Tumba de Gwydre. Con un reducido número de caballeros y un número más ínfimo de ballesteros logró hacer frente a un número de 3.000 ballesteros de la que fuera una digna adversaria, Flama de Fog. Muchos son los testigos de aquella batalla que dicen que el chico hablaba como los veteranos que habían caído y de tantas veces como se me contó creo que debo poner aquí la que fue la arenga final, pues fue en la última de las cinco batallas victoriosas cuando obligó al enemigo a huir. Dijo así para orgullo de la Casa de Telamón:

“¡¡Caballeros!! Los días aciagos llegaron a su fin, la desdicha se convertirá hoy en valor. Que nuestras voces sean el escudo de hazañas mayores, que nuestro miedo se convierta en el mejor de los filos,...¡¡Caballeros!! No tenemos esperanzas de salir vivos de aquí sino es matando el doble de enemigos, pero sabed que nunca un soldado de la Casa de Telamón se ha rendido. ¿Sabéis por qué? Porqué la huída es deshonor, vergüenza,...renegar por lo que cayeron nuestros camaradas, renegar de nuestras casas y familias...¡¡Caballeros!! ¡¡Que no se diga que abandonamos éste mundo con la deshonra en nuestros hombros!!¡¡Victoria o Muerte!!¡¡Gloria a la Casa de Telamón!!”

Sobre la pequeña Mariana sólo decir que crece cada día un poco más y se parece a su difunta madre. Recuerdo cuando apenas era un bebe envuelto en trapos que un jinete agitado nos depositó a la puerta de la fortaleza. La matrona del mismo Leobardo la había atendido y había entregado al fruto de nuestro amor en las manos de un valeroso y leal capitán del archiduque, a quién Yahvé guarde en su gloria.


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