En la quietud de la hora sexta una repentina ráfaga de aire sacudió las copas de los arces. Colándose entre sus ramas, agitó sus hojas. Sonaron sus verdes y sus blancos como las conchas que cuelgan de las puertas de los pescadores. Mosaico de arrullos para unos. Avisos para otros.
A la sombra de los arces media docena de carros. Las bestias, con las patas trabadas, pastaban más alejadas. Sus amos, los carreteros, dormitaban a la espera de las primeras mieses del verano. Más allá, en la ladera, se agolpaban unas casuchas, de adobe y cortezas de sauce. Era la humilde aldea de Nock.
Ninguno de los carreteros había interrumpido sus ronquidos para observar con detenimiento al forastero que pasó ante ellos y subió hacia la aldea. Era un día caluroso, pero el jinete se ocultaba tras un raido y oscuro capote que más bien parecía un sayal. El pueblo estaba casi vacio. Los hombres y mujeres andaban desperdigados por los valles altos, segando. De otro modo hubiera causado gran revuelo tan extraña visita. Las únicas espectadoras, unas viejas que liaban mimbres, sentadas a la puerta de su casa. Demasiado ancianas para tener miedo y demasiado curiosas para no apartar la vista.
El forastero, sin apearse de su caballo, continuó por la única calle de la aldea hasta la plaza principal. Plaza que no era más que un ensanchamiento de la calle, allí descabalgó lentamente sin apartar la mirada de un gran cartelón hecho de tablas. Anclado en un basamento de piedra con tres escalones, majestuoso para tan paupérrima aldea, unas tablas con viñetas vistosamente pintadas. Era este un denominador común en los poblados irlandeses bajo el reinado de Dammesek. Los viñeteros reales viajaban por todo el país pintando las últimas noticias. Noticias que casi siempre generaba un tal Quijote.
Extendió la mano hacia los dibujos con curiosidad. La pintura aún estaba fresca. En hosca caligrafía, medio en latín, medio en rúnico se explicaba allí que aquellos eran unos "grandier ommes". Leyó en voz alta, trabajosamente, mientras recorría el texto con la yema de los dedos "Sha-i-ya, Mar-cus-Wi-dowmaker, Beren Ercha-mion". Distraídamente se retiró la capucha descubriendo su ruda faz y realmente concentrado prosiguió con su lectura entrecortada "Imara, Andrés de Montbar, Aitana de Hausgh-Mat, Dunadan , al-Srãq, Jafuda, Eunilda, Sir Black, Cyano. Ja". Este "ja" alto y sonoro hizo que las viejas dejaran de entrelazar mimbres. El extraño abrió los brazos como esperando el aplauso de una grada inexistente. "Don Nuño del Tietar y Crisagón de la Cruz". Y un nuevo "ja", más grande y sonoro que el anterior y de nuevo se volvió a la invisible grada.
Sacó un pequeño odre de sus alforjas, lo alzó al norte, al este, al oeste, al sur y hacia desde donde le sonreían las viejas desdentadas. Dijo "A la salud de los grandier ommes", luego dio un largo trago.[...].


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