La pequeña embarcación empujada por la fuerza de 20 remeros y la ayuda de una pequeña vela, surcaba valiente las grises aguas. Crugían las cuadernas a cada golpe de remos, bramaba el viento y rugía el mar. Frágil, endeble, el knarr sin embargo avanzaba, pareciera sólo sustentado por la voluntad de la tripulación.
El rey Dammesek observaba meláncolico, las negras costas que despuntaban en el horizonte. Valiente y decidido había resistido los embates de un ejército invasor muy superior, al menos durante unos meses, pero la situación era desesperada[...] y estaba dispuesto a jugarse la última carta. Es por eso que había recurrido a Windjöe para salir del país de incógnito.
Muchos estarían dispuestos a pagar una gran fortuna por la cabeza del rey Dammesek. Y Windjöe, el mercenario, el asesino, el hosco cazarrecompensas lo tenía allí, a su merced. En esos dulces pensamientos estaba cuando un escalofrio le recorrió la espalda y recordó su viejo anhelo. Aquel hombre portaba sobre su pecho el emblema de Albión, el de los reyes antiguos, el de la canción y tu Windjöe ¿pretendes matarlo?. Huyeron esos pensamientos como la niebla ante el sol de mayo.
-¿Es bella esta tierra, verdad?- dijo Dammesek.
-Sí- dijo Windjöe mirando las costas que verdegueaban más allá del mar gris.
-¿Quieres ser rey?
Pero Dammesek no esperaba respuesta. Porque más que una pregunta era una queja, la queja de áquel que siente el hastio de la política, de las traiciones. Windjöe no respondió, "los reyes nacen reyes y los pescadores nacen pescadores" y a él sólo puede hacerle rey, el trovador de las trece cuerdas.
- ¿Puede ese trovador tuyo convertir a los reyes en pescadores?.
-Puede.


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