Encuentro en la taberna

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Marsella, abril de 1037.

Con la caída de la tarde nuevos grupos de parroquianos iban llenando la taberna. Pescadores y mercaderes tras dejar sus quehaceres diarios pasaban a echar un trago. El puerto quedaba cerca y eran numerosos los establecimientos de todo tipo que allí habían abierto. La taberna elegida para el encuentro era una de las más populosas: La taniere de Neptune.

Había pasado ya un año y medio desde que Windjöe se presentara espada en mano a las puertas del castillo del durmiente Athos. Aquel incidente podía estar olvidado o no y esto podía ser una encerrona. Tambien era factible que Athos se hubiera amilanado y no acudiera. O podría ser que ya estuviera en la taberna desde hacía rato y Windjöe no le hubiera reconocido. Más valía estar alerta.

De pronto, un tipo que acababa de entrar llamó la atención del finés. Vestía a la manera de los nobles de Occitania, con ropajes de vivos colores, que probablemente denotaban su posición. Aunque algo desentonaba, y no era la espada normanda que ... ¡ese debía ser Athos!. No hizo falta que le llamara, pues el otro le había reconocido y se acercó. "¿Windjöe?" . Arrimó una banqueta y se sentó. "Valor no le falta" pensó Windjöe "¿Cómo habrá venido a vivir aquí un norseman?".

Por largo rato estuvieron departiendo y bebiendo cerveza. Trataban sus conversaciones desde las viejas técnicas de caza del oso blanco, o las distintas maneras de guisar la carne de reno. También hablaron de cosas menos intrascendentes.
-¿En serio?. No tenía ni idea.
-¿Fue ella la que te encargó ese trabajo?. Vaya.

Unas horas más tarde barría la joven camarera a los pies de los dos bárbaros. Momento que Windjöe estimó oportuno para marcharse. Rehusó el tabernero, a una señal de Athos, el aceptar el dinero de la cuenta. No pocas eran las jarras vacias que se acumulaban en la mesa.


El Rey Dammesek

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Fecha incierta

La pequeña embarcación empujada por la fuerza de 20 remeros y la ayuda de una pequeña vela, surcaba valiente las grises aguas. Crugían las cuadernas a cada golpe de remos, bramaba el viento y rugía el mar. Frágil, endeble, el knarr sin embargo avanzaba, pareciera sólo sustentado por la voluntad de la tripulación.

El rey Dammesek observaba meláncolico, las negras costas que despuntaban en el horizonte. Valiente y decidido había resistido los embates de un ejército invasor muy superior, al menos durante unos meses, pero la situación era desesperada[...] y estaba dispuesto a jugarse la última carta. Es por eso que había recurrido a Windjöe para salir del país de incógnito.

Muchos estarían dispuestos a pagar una gran fortuna por la cabeza del rey Dammesek. Y Windjöe, el mercenario, el asesino, el hosco cazarrecompensas lo tenía allí, a su merced. En esos dulces pensamientos estaba cuando un escalofrio le recorrió la espalda y recordó su viejo anhelo. Aquel hombre portaba sobre su pecho el emblema de Albión, el de los reyes antiguos, el de la canción y tu Windjöe ¿pretendes matarlo?. Huyeron esos pensamientos como la niebla ante el sol de mayo.

-¿Es bella esta tierra, verdad?- dijo Dammesek.
-Sí- dijo Windjöe mirando las costas que verdegueaban más allá del mar gris.
-¿Quieres ser rey?

Pero Dammesek no esperaba respuesta. Porque más que una pregunta era una queja, la queja de áquel que siente el hastio de la política, de las traiciones. Windjöe no respondió, "los reyes nacen reyes y los pescadores nacen pescadores" y a él sólo puede hacerle rey, el trovador de las trece cuerdas.

- ¿Puede ese trovador tuyo convertir a los reyes en pescadores?.
-Puede.

La llegada del forastero

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Anno 1034. Verano.

En la quietud de la hora sexta una repentina ráfaga de aire sacudió las copas de los arces. Colándose entre sus ramas, agitó sus hojas. Sonaron sus verdes y sus blancos como las conchas que cuelgan de las puertas de los pescadores. Mosaico de arrullos para unos. Avisos para otros.

A la sombra de los arces media docena de carros. Las bestias, con las patas trabadas, pastaban más alejadas. Sus amos, los carreteros, dormitaban a la espera de las primeras mieses del verano. Más allá, en la ladera, se agolpaban unas casuchas, de adobe y cortezas de sauce. Era la humilde aldea de Nock.

Ninguno de los carreteros había interrumpido sus ronquidos para observar con detenimiento al forastero que pasó ante ellos y subió hacia la aldea. Era un día caluroso, pero el jinete se ocultaba tras un raido y oscuro capote que más bien parecía un sayal. El pueblo estaba casi vacio. Los hombres y mujeres andaban desperdigados por los valles altos, segando. De otro modo hubiera causado gran revuelo tan extraña visita. Las únicas espectadoras, unas viejas que liaban mimbres, sentadas a la puerta de su casa. Demasiado ancianas para tener miedo y demasiado curiosas para no apartar la vista.

El forastero, sin apearse de su caballo, continuó por la única calle de la aldea hasta la plaza principal. Plaza que no era más que un ensanchamiento de la calle, allí descabalgó lentamente sin apartar la mirada de un gran cartelón hecho de tablas. Anclado en un basamento de piedra con tres escalones, majestuoso para tan paupérrima aldea, unas tablas con viñetas vistosamente pintadas. Era este un denominador común en los poblados irlandeses bajo el reinado de Dammesek. Los viñeteros reales viajaban por todo el país pintando las últimas noticias. Noticias que casi siempre generaba un tal Quijote.

Extendió la mano hacia los dibujos con curiosidad. La pintura aún estaba fresca. En hosca caligrafía, medio en latín, medio en rúnico se explicaba allí que aquellos eran unos "grandier ommes". Leyó en voz alta, trabajosamente, mientras recorría el texto con la yema de los dedos "Sha-i-ya, Mar-cus-Wi-dowmaker, Beren Ercha-mion". Distraídamente se retiró la capucha descubriendo su ruda faz y realmente concentrado prosiguió con su lectura entrecortada "Imara, Andrés de Montbar, Aitana de Hausgh-Mat, Dunadan , al-Srãq, Jafuda, Eunilda, Sir Black, Cyano. Ja". Este "ja" alto y sonoro hizo que las viejas dejaran de entrelazar mimbres. El extraño abrió los brazos como esperando el aplauso de una grada inexistente. "Don Nuño del Tietar y Crisagón de la Cruz". Y un nuevo "ja", más grande y sonoro que el anterior y de nuevo se volvió a la invisible grada.

Sacó un pequeño odre de sus alforjas, lo alzó al norte, al este, al oeste, al sur y hacia desde donde le sonreían las viejas desdentadas. Dijo "A la salud de los grandier ommes", luego dio un largo trago.[...].